miércoles 1 de febrero de 2012
Escribir
Toda persona que se ha encontrado frente a un papel con una lapicera en mano reconoce tarde o temprano que tiene motivos muy particulares para escribir. La manera, el estilo y sobre todo, el abordaje, dependerá obviamente de cada escritor que, sumido en una tarea orgánica de composición literaria, ordena sus pensamientos con elocuencia.
Así, empezamos la gran búsqueda de lo imposible, a desear lo improbable, a pretender lo inalcanzable, a querer sacarle las dos primeras letras a lo irreal. Imaginamos, sentimos y sobre todo, nos transportamos. Cada palabra brota del inconciente porque debe ser escrita, necesita esa motivación personal cuando se pretende compartir aquello que uno muchas veces guarda, con la intranquilidad de saber que difícilmente el momento se pueda olvidar.
En muchos casos, en vez de hablar, escribimos lo que nos pasa; contamos con agudo detalle aquello que por miedo callamos, o por hipotéticos prejuicios ocultamos. Revivimos el pasado en busca de respuestas, analizamos el presente para dilucidar que ocurre y miramos hacia el futuro pensando que es lo que podría suceder.
Más allá de ser quizás los instantes más introspectivos y personales, el escritor que se precia como tal llega a la encrucijada inevitable de mostrar aquello que ha hecho. Esto parte de la mera necesidad de compartir, tanto una alegría como una tristeza, un pensamiento como una reflexión. El miedo invade y se cuestiona hasta qué punto uno quiere que el resto conozca lo que se ha vivido y ha sido inmortalizado en palabras, aunque como toda expresión de arte, la vanidad existe en silencio y se espera por lo menos un mínimo reconocimiento por la faena.
Llegado a este momento de exteriorización, si bien muchos comienzan a leer y encuentran en los textos frases de su agrado, pasajes que se sienten identificados y situaciones que encuentran similitudes con sus experiencias, la verdad es que solo una persona va a comprender la totalidad del significado presentado.
Esa persona es la inspiración oculta por la cual uno empieza a escribir, a delinear una historia, sin importar que sea producto de la ficción o basada en hechos reales, por la necia necesidad implicada en el artista en que alguien particular lea nuestro mensaje y esa obra cumpla el justo objetivo de realización personal.
Si eres esa persona que está en nuestra mente, y logras darte cuenta, quizás no habría más razones en el mundo para seguir escribiendo.
lunes 2 de enero de 2012
El tono de la alegría
Sentado en su habitación, Juan no podía entender en qué había fallado. Semanas de práctica y horas de estudio minucioso no pudieron combatir los nervios que sintió la noche anterior con el violín en la mano, solo en el escenario, interpretando aquella complicada pieza de música clásica.
“Solo me faltó una nota”, pensaba, “pero es la más importante; es la que da el cierre perfecto”. Su tristeza era tan fuerte y desconsolada como las lagrimas que caían sobre su preciado instrumento.
De repente, su mente comenzó a divagar, tratando de olvidar aquella situación que tanta angustia le provocaba, y recordó cuando su padre, con una sonrisa en el rostro, le regaló el violín que él tanto ansiaba tener.
Había ahorrado mucho tiempo para poder comprárselo, y cuando juntó lo ultimo que restaba, fue corriendo hasta la tienda de música, donde el tan preciado instrumento descansaba sobre la vidriera.
“Esto es para vos, hijo, y que nunca se te olvide lo mucho que te quiero”.
También recordó que su padre, tan emocionado como él por el regalo, le contó la historia de porqué se llamaba Juan. “Es por Johann Sebastian Bach, un músico extraordinario”.
Justo en ese momento, resonó dentro de Juan la nota que había opacado su interpretación; la ultima de la escala musical, tan simple para recordarla como compleja para olvidarla: si.
A la semana siguiente, un nuevo concierto lo tuvo solo en el escenario con su fiel compañero a cuestas. Interpretó nuevamente una de las piezas más difíciles de su ídolo de antaño, “El arte de la Fuga”.
Pasados los veinte minutos, el teatro explotó en una ovación de pie; los aplausos siguieron aún cuando Juan ya se había retirado.
Ya en su camarín, su padre lo abrazó conmovido, felicitándolo por su gran talento y vocación.
- ¿Pudiste recordar esa nota que habías olvidado? –
- Si, gracias a vos -
lunes 19 de diciembre de 2011
El Casino del Destino
Con
un último beso, nos despedimos para siempre. Tomamos caminos diferentes luego
de habernos dado cuenta que no éramos el uno para el otro. Abrí mi billetera,
llena de recuerdos de nuestros días felices, y busqué aquella foto juntos que
tantas veces me había acompañado en mi caminar. La miré con amor y odio, triste
por saber que te estaba perdiendo y confundido por no saberme explicar frente
al charco de agua que estaba pisando como fue que todo comenzó a descarrilarse.
Resolví
que solo había un lugar a donde podía ir a esa hora; quería apostarlo todo, ver
si la suerte estaba de mi lado o como siempre, saldría perdiendo.
Llegué
al Casino del Destino casi
tambaleando entre dudas y acertijos, pensando que por primera vez las
estadísticas de los libros de juego no iban a poder ayudarme. Le mostré la foto
al guardia de seguridad y le conté mis motivos de querer entrar. Tan solo atinó
a mirarme de reojo unos segundos y con un gesto macabro de desdicha, me asignó
un lugar en la Ruleta de las decisiones
imposibles.
Tomé
mi lugar con recelo, sabiendo que había llegado al final del trayecto y solo
quedaba retarme a mi mismo, a mis miedos e incertidumbres.
El
crupier anunció el principio de la ronda de apuestas y los doce jugadores de la
mesa, incluido yo, comenzamos a temblar sabiendo que el momento de la verdad
estaba por llegar. Saqué la foto nuevamente para apreciarla por ultima vez y
cambiarla por lo que sería en pocos segundos la decisión más importante de mi
vida. Los otros once repitieron el acto casi instintivamente, arrojando sobre
el paño cartas arrugadas, anillos de compromiso, libros de poesía, flores
marchitas y objetos personales inclasificables.
La
pequeña bolita de esperanza bailó una eternidad sobre los dedos de aquel
empleado antes de caer en la ruleta estrepitosamente, haciendo un ruido
ensordecedor sobre el pleno silencio que había en cada uno de los que
esperábamos el cese del movimiento y una respuesta certera sobre qué hacer con
nuestro indescifrable pesar.
En
el momento donde el casillero se detuvo en el veintiuno, toda la mesa estalló
en gritos de alivio y galanteos en todas las direcciones. Todos festejaban,
menos yo, y sin saber porqué.
Desganado,
atiné a mirar al crupier en un gesto de vacilación, preguntándole con afonía
que había sucedido. Él me devolvió el gesto, con un susurro casi inaudible:
Aquellos que ganaron, solo lo hicieron porque su
decisión ya estaba tomada, ellos sentían cual era su camino y conocían a la
persona indicada para amar incondicionalmente el resto de su vida, aun sin ser
correspondidos.
No creas que la suerte no estuvo de tu lado esta
vez, solo tienes que seguir buscando a la razón que te haga volver a apostar.
Cuando la encuentres, quizás no vas a necesitar siquiera tener que desafiar una
decisión que en tu corazón sientas como correcta.
lunes 5 de diciembre de 2011
El Licor del Pasado
Con el paso del tiempo, muchos conservamos en la memoria los recuerdos que uno desea, como una suerte de premonición selectiva de aquello que queremos que forme parte de nuestra historia pasada. A veces, espiamos los días de antaño abrazados de melancolía subjetiva, con la congoja de saber que muchos de esos momentos no se van a poder repetir; la unicidad es a veces agobiante.
Como el imperativo no tiene primera persona, es muy difícil en ocasiones obligarse a sí mismo a rememorar aquello que uno no quiere, aquello que por conveniencia prefirió borrar de la memoria; nunca hay que subestimar el poder de la mente y menos cuando la conjugamos con el poder de la negación.
Tiempo atrás, había leído en una pequeña revista de bolsillo que existía una bebida llamada El Licor del Pasado, un refresco de alta graduación alcohólica con propiedades extravagantes. Según su creador, solo mojar los labios con este brebaje generaba en los alegres la sensación de estar frente a frente con sus recuerdos, aun los más oscuros. Finalmente me decidí a probarlo, ya que me atraía la idea de poder ver qué momentos había decidido ocultar voluntariamente.
Admito que no fue tarea mundana adquirir una botella, no existe stock activo en los mercados usuales donde concurro regularmente en días de semana en busca de alguna bebida espirituosa que, irónicamente, también lo hace olvidar a uno ciertas cosas y a recordar otras.
Luego de algunas semanas de ardua investigación dí con un lugar, casualmente en mi ciudad, que comercializaba el pseudo-famoso licor. Se llamaba La Cantina de Experiencias Disimuladas, y solo se podía encontrar el último día de cada mes a la medianoche, en la intersección conjunta de una avenida olvidada, una calle desconocida, una rotonda anónima y un pasaje aun no caminado.
Me dirigí hacia donde yo creía que estaría la taberna, a escasos minutos de que el reloj marcara un día nuevo. Las agujas se abrazaron lentamente y pude leer frente mío el cartel que daba nombre al lugar, un poco despintado y descuidado para mi gusto. Al entrar, sonaban desde la rocola viejas piezas de tango y milongas con aires de bailantas, aunque solo se encontraba un cantinero en todo el recinto. Las luces, el entorno, el ambiente, todo me resultaba agreste aunque poco me importaba, solo quería embriagarme de recuerdos.
Recibí a cambio de una sonrisa un tanto fingida una copa del Licor del Pasado, y sentí desde atrás que alguien comenzaba a levantar la voz, con ánimos de riña. Al darme vuelta vi a una pareja discutiendo acaloradamente. Mientras ella lloraba entre las pocas palabras que podía obtener de su tristeza, él siquiera la miraba, solo practicaba la famosa maestría de la distancia. Con lágrimas desparramadas por toda la mesa, la pobre chica tomaba trago tras trago de su bebida, teñida de un rojo profundo burbujeante con aromas a desencanto.
Luego de un rato, él se levantó y en silencio se dirigió a la salida, cubriendo su rostro para no demostrar el dolor que personificaba lo que estaba haciendo.
La chica se levantó, tomó su copa casi vacía y se sentó a mi lado en la esquina de la barra.
Noche tras noche, me siento en esa mesa y apareces para decirme que no puedes con esto, que no puedes amarme, que no debemos estar juntos. El destino se encargó de mostrarme que los dos somos un alma partida a la mitad y no lo quieres aceptar.
Mi bebida es el Licor de lo Imposible, y a veces prefiero sentir el dolor de tenerte cerca una última vez que nunca más volverte a ver.
Traté de esquivar su mirada mientras se alejaba, y la cobardía solo me permitió dar un último sorbo a mi copa. La música sutilmente comenzó a hacerse más tenue, las pocas luces de la cantina se fueron apagando con delicadeza.
Me dí cuenta al abrir los ojos que me encontraba caminando solo en medio de la noche, sin ningún indicio de qué acababa de suceder. En mi interior quedaba algo inconcluso, la silueta de alguien, un sentimiento de algo que oculté, algo que había hecho mal. Con cada paso, una parte de mí quería hacer algo que todavía no lograba descifrar.
Desearía poder recordarlo.
lunes 21 de noviembre de 2011
Tres razones
Por alguna de esas razones a veces desconocidas, a veces disimuladas, cuando se empieza en el camino de la búsqueda de aforismos, es usual comenzar por el amor, tópico tan manoseado como lioso e intimidante; burlonamente, miles de palabras se han escrito sobre algo que, cuando se siente, no necesita de frases trilladas.
La máxima inaugural de mi tierna y confusa adolescencia sentenciaba: “ocurre que el primer amor nunca se olvida, pero termina siempre”; el destino fue tan macabro que me topé con ella después que las primeras promesas inocentes se escaparon de mis manos sin quererlo ni desearlo.
“Cada lágrima de amor nos dice algo de verdad”, leía y releía en mis noches ensombrecidas por los recuerdos acedos, desde un autor anónimo que de saber su nombre lo hubiese odiado con marcado fundamento presencial.
Antoine de Saint, notable escritor francés, me reveló una gran verdad cuando menos la buscaba, en medio de turbulentos desencuentros: “El verdadero amor no se agota en absoluto. Cuanto más das, más lo es”. En parte porque lo sentía, pero el dolor no me dejaba aceptarlo íntegramente, esa frase fue el motivo de una nueva esperanza, un renacimiento de la ilusión cuando empiezas a comprender que los limites no existen en aquello que nace de manera inesperada.
Hoy fue el día en que acepté que existen cosas que no se pueden anticipar, que la vida a veces esconde bajo sus mangas cientos de cartas que son repartidas cuando uno está preparado para jugarlas.
Tomé un pequeño papel y me limité a parafrasearme a mí mismo, en calidad de autor y creador de un aforismo: “Aquí es el amor. Dos personas se conocen por casualidad, y parece ser que se esperaban toda su vida; no pierdas la oportunidad”.
Sé que no lo haré.
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