domingo, 1 de septiembre de 2013

Una persona llamada X


Conocí a una mujer buena y linda. Me fié de sus palabras y promesas como en los almacenes de barrio. Su nombre todavía empezaba con L, o con D, o con alguna letra que camuflaba su falta de conocimiento del abecedario. Tenía errores de ortografía espantosos. Los libros lloraban. Yo la llamé X.
Era buena, y parecía buena. Más que el resto. A veces, eso puede ser señal de algo, casi como para empezar a desconfiar. Y desconfié, pero sólo un poco. Porque la quería, y también porque era linda. Lo justo y necesario. Lo suficiente para el momento en el que me encontraba.
Sí, es así. CREÉME.
La conocí sin que yo dejara de apreciar los quiebres de semejante estatua trabajada en mármol. Y con mármol me refiero a su piel. En nuestra primera noche juntos, si se puede decir JUNTOS a estar incómodo y desnudo frente a alguien que sabes que nunca va a llegar a más que eso, a no estar ahí, a saber que nos estábamos usando, ahí me dijo que me amaba. A MÍ Y A MI MUNDO. A mis miedos de estar solo y acompañado al mismo tiempo A lo que tenía y a lo que me faltaba. Al resto de lo que quedó de las ropas que nos arrancamos con un erotismo que rayó en mi espalda la superficie del hedonismo. Y pensar que éramos amigos.
Ni siquiera se quedó a pasar la noche, y no me dejó acompañarla forzadamente a pedir un auto en la recepción. Dormí tranquilo, en la habitación número 5 con decorado estilo western, cama de corazón, y gigantes espejos retrovisores. Dormí tranquilo, con porno de fondo, pero desconcertado. Días después, lo supe. X amaba los mundos de otras personas, y al principio no me preocupé demasiado, hasta se podría decir que lo sabía gracias a esos chismes que nunca parecen ser ciertos hasta que te encontrás cabeceando un comentario que te dicen sobre tu persona X, y ese comentario lo archivás en algún lugar de la mente, y luego X lo niega sin que vos digas absolutamente nada. LOS DESCHAVES, ahí PODRÍA llegar a cantar X si existiese la solicitud de una MUJER BUENA Y LINDA para un dúo de POST ROCK ALTERNATIVO, con voz de sirena griega y planes de asesinato en masa.
Admito las fallas técnicas, y admito no haber puesto un límite entre la cena y el postre. Admito no haber dejado de mirar a esas piernas infinitas, con su característico y excitante cruce, y que eso haya sido la excusa que necesité para invitarla a pasar de la mesa a la cama de corazón sin titubeos. Admito haber servido ESA última copa errada de Merlot barato cuando nos paramos para irnos, una copa que ella tomó y bebió y que cerró de manera poética el trato de ir a destruirnos cuanto antes. Y pensar que éramos amigos.
Esa amistad entre el hombre y la mujer que comienza con una tensión sexual fantástica, cuando los dos saben que el destino los va a llevar irremediablemente a un hotel cerca de la ruta y después a olvidarse de las fotos juntos, de las charlas sobre otras personas X, nuestras PROPIAS personas X.
Amigos. Sí, créeme.
Ahora me convertí en una persona X para ella. Una de las tantas en su lista. Alguien más del corral. Una cría de cordero vencida, corriendo en zigzag para no escuchar al destino llamando desde el matadero. El cuchillo corta y no repara las heridas. ELLA, la incansable defensora de los derechos de los animales; vegetariana, BUENA y LINDA. YO, la porción de cordero desguazado. ELLA, la artista sin descanso que pintaba corazones con las bordas del café frío en nuestra charla de sábado. YO, que quería sentarme para irme lo más rápido posible.
AMIGOS DE AÑOS.
Y arruinamos para siempre los caramelos de colores, y las tardes de plazas sin toboganes frente al mar. Mi intento de no enamorarme, y su intento de que no dejemos de hablar. Como esos mensajes incómodos a la madrugada. Como una nueva campera que te comprás pero antes es necesario probarla, entonces te la probás y luego te mirás al espejo detenidamente. La nueva campera se asienta en tus hombros, quizás te pique un poco la etiqueta y dudes un poco, pero la seguís mirando, como a esos mensajes incómodos a la madrugada que en ocasiones te salvan de un viernes solitario. Si. Y luego de la campera viene el paraguas, la cita en el café más alejado de la ciudad. Tan alejado que se parece al hotel donde una semana atrás reventamos los años de sentir esa tensión sexual fantástica en silencio.
- Seguimos siendo amigos, ¿verdad? - dijo.
Le temblaban las yemas de los dedos que desgastaron mi cintura cuando me pedía que no deje de abrazarla.
- Claro que sí - pude vomitar con las piernas cerradas y las manos entre los muslos -. CREÉME.
Sí.
 CREÉME.


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